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Esta vez es de verdad. El Brasil fue considerado la sexta economía del mundo,
atrás sólo de EUA, China, Japón, Francia y Alemania. A juzgar por el hecho de
que las dos últimas potencias son el pilar de la enflaquecida zona euro; de que
el Japón permanece estancado desde mediados de la década de 90' y los Estados
Unidos son hoy el más desigual y menos productivo de los países desarrollados,
tenemos esperanzas de crecimiento y proyección aún mayores.
A partir de ese hecho innegable, cabe una reflexión más allá de la crítica
radical o de la complacencia oficial. Si bien somos hoy la sexta economía del
mundo en términos de volumen de producción y riqueza circulante, estamos lejos
de ser el sexto país menos desigual e injusto del planeta. Nuestra pirámide
social, aunque con una sensible disminución de la miseria absoluta, concentra
renta y no distribuye los beneficios de la modernidad urbana.
Según estudios recientes del Instituto de Investigación Económica y Aplicada (IPEA)
sobre la pobreza en el Brasil, cerca de 107 millones de brasileños poseían hasta
2009 una renta per cápita entre R$ 67,00 y R$ 465,00. La mayor parte de los que
viven en la extrema pobreza corresponde a agricultores de municipios pobres de
la región Nordeste. En contraste a este cuadro, tenemos cinco capitales
brasileñas que concentran el 25% de toda la riqueza del país. El problema es de
fondo e implica una opción no presentada en el escenario político profesional.
El crecimiento brasileño se da a partir de la exportación de commodities
agrícolas en ancha escala, del aumento del crédito para el consumo y de la
inyección de recursos estatales en la economía. Todo iría relativamente bien (la
excepción es el modelo agro-exportador), si no tuviéramos bajo una guillotina
llamada "forma de financiación".
El Brasil crece a través del pago continuo de su deuda, aumentando
considerablemente el papel del capital financiero y comprometiendo casi la mitad
del presupuesto ejecutado por la Unión del año de 2010. Por un lado es verdad
que la gestión del Banco Central en el país es menos desreguladora que en la
Europa y en los países anglosajones (y aumentó su el control bajo la batuta de
su presidente Alexandre Tombini, que ya fue miembro de la representación
brasileña al Fondo Monetario Internacional), por otro lado es un hecho que aún
tenemos los intereses reales más elevados del mundo (4,9% al año, líder absoluto
en los últimos 25 meses) y que surfeando en la ola de nuestro crecimiento está
el sector bancario, en el que los bancos estatales manejan intereses y tasas de
administración en la misma escala que los comerciales.
El casino financiero alimenta al sector del crédito al consumo y en la punta de
la pirámide, el Estado sigue financiando la expansión privada. Sea a través de
préstamos a fondo perdido, como en la fusión de las operadoras de
telecomunicación de capital extranjero Brasil Telecom y OI (los valores que
salieron de los bancos públicos llegaron a R$ 11 mil millones y fueron
destinados a la ahora mayor empresa de telefonía fija de América del Sur). O aún
por la inyección directa en los consorcios público-privados, a ejemplo de la
Hidroeléctrica de Bello Monte, que pretende hacer una central energética junto
al Río Xingu, para desesperación de ambientalistas e indígenas de todo el país
contrarios a los impactos socio-ambientales de la faraónica obra.
Sumando esta injusticia estructural con la carencia del servicio público
-estando la población brasileña sobrecargada impositivamente y aún no atendida
de forma satisfactoria tenemos el real "costo Brasil". Esa expresión es usada
por los grandes medios para hablar de los gastos internos del país -tales como
la carga tributaria, los costos portuarios, los transportes, los gravámenes
laborales, las financiaciones, la energía y telecomunicaciones y la
reglamentación gubernamental- que supuestamente aumentan el valor de productos y
servicios brasileños, haciéndolos menos competitivos en relación a los del
exterior. Son la mayoría de los brasileños quienes deben pagar la cuenta de la
acumulación privada (oficializada) de recursos colectivos.
Desarrollo cuestionable
No es posible negar que hoy vivimos bien comparado a diez años atrás y también
que la primera década del siglo XXI fue mejor para los latino-americanos y los
brasileños que la secuencia de las dos décadas perdidas. La de los '80 tuvo como
marca la crisis de la deuda, acompañada de estanflación galopante, llegando el
Brasil al borde de la hiperinflación (la inflación acumulada en el país durante
la década fue de 36.850.000%, increíble para quien no vivió ese periodo). En
aquella época se construyó un consenso en torno al Estado Burocrático
Autoritario, asociando todo lo que era estatal a retraso y abismo cultural de
los latinoamericanos respecto a los países de capitalismo central.
La consecuencia vino en los años '90, cuando se dilapidan los patrimonios
nacionales, liquidando todo (o casi todo, en especial a través de las polémicas
privatizaciones del gobierno de Fernando Henrique Cardoso entre 1994 y 2001 aún
muy bien vistas por los partidarios del Partido de la Social Democracia
Brasileña -PSDB- el de de los presidenciables José Serra, Geraldo Alckmin y
Aécio Nieves). Aun así nos mantuvimos estancados económicamente, aunque ya sin
el fantasma inflacionario.
No negar lo obvio está lejos de implicar una adhesión incondicional a la
política económica del gobierno y menos aún producir discurso optimista y
oficialista. Si mejoramos en comparación con la historia reciente, aún estamos
lejos de tener una estructura productiva que pernita vuelos más altos. Estamos a
siglos de tener un desarrollo regionalizado. Los niveles de inversión directos
aún son bajos y el volumen de impuestos no se corresponde a la calidad de los
servicios prestados. Frenar la saña privatizadora fue importante, pero ahora
cabría un debate profundo acerca del (los) modelo(s) de desarrollo y
distribución de renta en el largo plazo.
Hoy el país vive el fruto de la expansión del empleo directo (positivo), pero
también del acceso al crédito a través de la presencia cada vez mayor del
sistema financiero en nuestras vidas cotidianas (dudoso). El consumo suntuario
es incentivado por el gobierno y los medios (a ejemplo de la cobertura de las
compras de Navidad, día de las madres, día de los niños, etc.), predicando un
keynesianismo limitado donde el mercado interno (antes el patito feo) es la
gallina de los huevos de oro.
La expansión consumista desenfrenada dos problemas produce. El primero es el
endeudamiento creciente de los brasileños, que llegó al monto de R$ 715 mil
millones en noviembre de 2011; el segundo es la exageración de productos
importados, aumentando el abismo científico nacional.
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Fina ecuación del crecimiento en el largo plazo
El abismo social aún supera la capacidad de generar riqueza y distribuirla
dentro de una sociedad capitalista. Tendríamos dos desafíos casi consensuales en
el país. Uno de ellos es la erradicación de la extrema pobreza. Otro es la
garantía de la movilidad social y el ingreso de una parcela significativa de los
193 millones de brasileños en el sistema de amparo legal y producción económica.
El primero es más simple, al menos de visualizar. Las políticas de renta mínima,
inauguradas por el primer gobierno socialdemócrata de Suecia (en años '30 del
siglo XX), como un combate al pauperismo que atravesaba aquella sociedad,
acostumbran ser efectivas. Los datos del Brasil en los últimos diez años (más de
26 millones de brasileños salieron de la línea de la pobreza, la renta media
real subió 28% entre 2004 y 2009, y la desigualdad de la renta cayó 5,6%, de
acuerdo con informaciones del IPEA) comprueban la eficiencia de distribuir un
mínimo y asegurar el compromiso de mantener a los dependientes dentro de la red
de asistencia mínima del Estado.
Sería absurdo negar esta realización del actual gobierno de Dilma Rousseff
(continuidad de los ocho años de Lula y del Partido de los Trabajadores -PT- con
una amplia coalición partidaria junto la fuerzas político-económicas
conservadoras) y los beneficios advenidos al Brasil como un todo. A la vez, se
constata que la asistencia es el paso de salida y no de llegada hacia otra etapa
de vida. En ese sentido, vale la adaptación de la expresión popular: "mejor que
dar el pescado es enseñar a pescar".
Al contrario de lo que aparenta, la educación formal tampoco asegura
necesariamente un puesto de trabajo en el mundo de la producción. Basta observar
la desesperación de los jóvenes árabes antes de su Primavera, cuánto tenían
gobiernos corruptos, dictatoriales y pro-israelíes, al tiempo que el buen nivel
escolar apenas daba para el subempleo. En el caso de los españoles, cuanto mejor
la formación, más pequeña es la oportunidad real de conseguir un trabajo.
El espacio en el mundo de la producción está correlacionado con dos variables.
La primera implica las elecciones y estrategias de crecimiento macro-económico
de un país, y también de su política monetaria. Y, como consecuencia, la
necesaria educación formal, iniciando con un aumento de la capacidad de
aprendizaje y cognición media de la población, hasta llegar a las ciencias
básicas, fuente inagotable para el avance científico (y de este para el
tecnológico).
Nada de eso es novedad, basta una lectura atenta del indispensable economista
Celso Furtado (dirigió la Comisión Económica para la América Latina y el Caribe
-CEPAL- e incentivó el desarrollo económico-regional en el Brasil en las décadas
del '50 y '60) para interpretar mejor la cuestión. Esta fina ecuación entre
decisiones de Estado, y políticas públicas con proyección de efectos desde ahora
a veinte años, debería pautar la agenda nacional.
Al contrario de lo que afirman los mandamientos de los economistas neoclásicos,
este no es un problema de demanda perfecta y sí de relaciones de poder sobre una
estructura social-productiva. Como toda disputa en sociedad, su solución es
política.
Mercado de salud y ahorro interno
Para materializar el cuadro presentado arriba sobre el desarrollo económico del
Brasil usaremos la investigación del Instituto Brasileño de Geografía y
Estadística (IBGE) referente al cálculo con gastos de salud por persona en el
Brasil (el año de 2009). El estudio comprueba el concepto de marketización en un
sector que en teoría, debería ser provisto por el ente estatal.
La marketización implica la ampliación y transformación de servicios y espacios,
de públicos a privados. Así, se transforma un derecho -algo de la esfera de la
justicia y del contrato social- en una mercancía. Es el caso del derecho a la
salud en el Brasil, que es inversamente proporcional a dos cualidades
fundamentales en una democracia: la presión de la ciudadanía organizada y el
crecimiento sostenido en el ahorro interno.
Supuestamente tenemos un sistema de salud universal y con un proyecto societario
que lo motiva. En la práctica, la desvinculación de recetas y la mejora de la
calidad de vida (movilidad dentro de la pirámide social) vienen acarreando una
mayor capacidad de gastos del ciudadano común en salud privada. Estamos gastando
en promedio, por individuo, R$ 835,65 al año, siendo esta cuenta aportada por
las familias. Por su parte, el Estado -concentrando recursos de la Unión- gasta
R$ 645,27 por ciudadano. El pedazo de la torta es del 55,4% para la ciudadanía y
43,6% para el gestor de los recursos colectivos.
Cuando cruzamos las variables del desarrollo económico y distribución de renta,
el volumen de gastos de salud es determinante. En la Europa que hoy vive al
borde de un ataque de nervios, el Estado de Bienestar Social, que los
especuladores y financistas insisten en exterminar, aún invierte 72% del total
de la torta de la salud.
Para los brasileños, la cuenta es simple. Se cambia de franja de consumo y se
incorpora como gasto, lo que antes era el suplicio de las colas del Sistema
Único de Salud (más conocido por la sigla SUS, servicio público de salud
idealizado en la Constitución Federal de 1988 y doctrinado por los principios de
la universalidad, integralidad y equidad, que no corresponden a su realidad y lo
hacen presa fácil de iniciativas privatizadoras). Con la moneda estable y el
aumento del empleo formal, el consumo se da en forma de endeudamiento y no de
ahorro interno. Se reproduce, en escala familiar, lo que hace el gobierno
central. Rodamos las deudas, tenemos baja tasa de inversión y ahorramos poco.
En la punta del lápiz, la masa de la glorificada clase C (clase media con renta
familiar entre R$ tres y ocho mil) y el grueso de la B (renta familiar entre R$
ocho y 26 mil) gasta lo que gana, con gastos fijos asociadas a la mejora de la
calidad de vida. El problema no está en el gasto en sí, pero sí en la
constatación de que el derecho social queda en segundo plano delante de la forma
mercancía para el mismo servicio.
Es innegable que mejoramos de vida en los últimos diez años, no habiendo
comparación con el ciclo tucano (socialdemócrata) anterior. El problema es
reorientar el debate del crecimiento, asociado al ejercicio de los derechos
fundamentales y la reorganización del tejido social, para reivindicarlos y
ejercerlos. El análisis se hace crítica en la economía política y siempre hacia
la izquierda.
Análisis Político y Social Nacional e Internacional de Venezuela y el Resto
del Mundo
Director: Diego Olivera. Jefe De Redacción: Miguel Guaglianone
barometrointernacional@gmail.com

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